
Conocimiento TRAS Soledad
La soledad existe como camino.
La soledad nos es impuesta.
Escogemos la soledad.
La soledad es una ausencia.
La soledad es mi presencia.
La soledad es el camino sin tránsito.
Este camino pedregoso, mal definido. Lleno de polvo y austero.
El camino transitado tiene un destino claro, tiene compañeros de viaje.
El conocimiento del camino hollado es inequívoco. Los compañeros te dirán donde vas.
Pero el camino de la soledad lleva a un destino incierto. Es difícil saber si hay destino, si ya lo has alcanzado, si jamás lo alcanzarás. Pero es indudable que el camino te enseña a mirar.
La soledad, la presencia de ese aire denso que llena tu alrededor hace que el aire deje de ser ausencia. El momento en que solo el aire te rodea es el momento en que te percatas de que el aire está allí. Y detrás de él, infinitud de heridas en el vacío. Cada una de ellas coherente con la siguiente. Son heridas profundas en la nada, que desgarran ese aire, brotando la sangre de la existencia.
Cuando la nada termina, algo ES. Y ese algo se muestra ante tí. Esas heridas concatenadas cobran sentido, creando un mosaico de relaciones. Pronto, la soledad te llama hacia sí misma, te llama a entrar en esa concatenación de coherencias. Como un susurro casi inaudible, allí está, la llamada a la existencia. Pero el momento de pasar a existir exige un nuevo desgarro, esta vez en la nada de la identidad. Los desgarros de la coherencia en la identidad son brutales heridas, que alejan el camino de la soledad de todo lo demás. Cuando el diálogo con la nada se convierte en el todo, el todo se convierte en la nada, y el camino se transforma en un río de aguas turbulentas. La personalidad, la identidad, el yo, el mundo... todo se desvanece y tan solo queda la consciencia del fluir.
El conocimiento ha dejado de serlo, para convertirse en vaga intuición. Pero el río no perdona, y la intuición es el único lugar donde asir los pilares que mantienen el universo.
El conocimiento brota entonces del lugar de donde manaba la existencia. Esa herida en la identidad mana dolor, y junto a él, el conocimiento. El único compañero, el único que te acompaña en ese periplo por las aguas turbulentas de la soledad, es el rastro de dolor que mancha las aguas a tu paso. El lechoso líquido del conocimiento se disuelve en el agua, y jamás podrás volver atrás y encontrar una idea tal como la dejaste a tu paso hace un tiempo. Pero al asomar la cabeza fuera del río, todo parece irreal. El mundo fuera del río es la nada, y tan solo las aguas son conocimiento.
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