A lo incomprensible llamabamos divino, a lo divino restamos importancia
A lo incomprensible llamamos azaroso, a lo azaroso restamos importancia
Y un día, lo incomprensible dejó de ser divino, puesto que a lo incomprensible pasamos a llamar ignorancia temporal
Lo azaroso dejó de ser respetable, tan solo una de las muchas ramas del campo que ignoramos
Lo azaroso pasó a ser comprensible, tolerable. Ni rastro de lo venerable que lo divino imbuía en una comprensión total del universo, conocido o desconocido
Y sin embargo, si soltamos la lupa y nos zambullimos en lo azaroso, intuimos la grandeza, lo divino. Aquellos lazos que permanecerán incomprensibles unen lo azaroso, protegidos del sesgo de las explicaciones, parapetados del filtro de la lógica, a salvo de ecuaciones y demostraciones. A salvo del orgullo y la presuntuosidad.
Los lazos que unen al azar están limpios, tan solo los ojos pueden empañar su imágen
La estadística se erige maestra de la ciencia, el intento de construir puentes-autopista sobre los lazos del azar. Pero los puentes tan solo apuntan a cruzar los cuerpos de agua. Jamas llegarán a cubrir su superficie, menos aún su profundidad. Facilitado el tránsito por encima de lo azaroso, lo divino queda obsoleto.
Un lugar para diletantes excéntricos que deciden cruzar el cuerpo de agua a nado, o, incluso de forma más obscena a los ojos de la ciencia, intentar zambullirse en su interior.
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