En mi nace la duda. Constante, cruza todos los senderos permeables de la construcción que llamo vida. Lo dudoso es dudable. Cuando un atisbo de verdad aparece, la duda crece desde lo aledaño para infectar la nueva roca. Y es indudable que la duda tarde o temprano lo alcanza todo.
La duda obliga al peatón a mirar a ambos lados de la calle, por si el peligro le acechara de cualquiera de ellos. Es un modo de vivir la realidad. Mirar a ambos cabos del hilo de la realidad, en busca de una mayor comprensión. Al igual que el peatón, el movimiento hacia delante es reducido, pero el conocimiento del entorno de la realidad es más firme.
Pero… ¿y si el peatón mirara más de una vez a los lados de la calle, pero sólo a la carretera por donde puede acechar el peligro? Seguiría igual de ignorante que el corredor, y tan solo andaría más despacio. Quizá sea necesario plantear el lugar de la duda. La duda como miedo a un peligro irreal que amenaza o la duda como medio de conocimiento. ¿En qué momento confundo la duda paralizadora con la duda activa?
Hay niños que aprenden a correr a base de caídas y recomienzos, y otros, más cautos, a partir de miedos y precognición. Claro, nosotros los cautos no estamos acostumbrados a sangrar. Acolchado por las paredes de la duda, la duda universal se convierte en un lecho en el que yacer. Siempre incómodo por la inestabilidad del hogar en la duda, aunque nunca dolorido por una caída larga.
La duda es mi hogar. Ella me impulsa y ella me detiene.
Duda nociva
Duda activa
Duda pasiva
Duda universal
Duda como camino
Duda como huida
Duda paralizadora
Duda con causa
Duda sin ella
Duda por miedo a la respuesta
Duda por comodidad
Duda en pos de la incomodidad
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